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“Enseguida hizo que los discípulos subieran a la barca y fueran delante de Él a la otra orilla, mientras Él despedía a la multitud. Después de despedir a la multitud, subió al monte a solas para orar; y al anochecer, estaba allí solo. Pero la barca estaba ya a muchos estadios de tierra, y era azotada por las olas, porque el viento era contrario. Y a la cuarta vigilia de la noche, Jesús vino a ellos andando sobre el mar. Y los discípulos, viéndole andar sobre el mar, se turbaron, y decían: ¡Es un fantasma! Y de miedo, se pusieron a gritar. Pero enseguida Jesús les habló, diciendo: Tened ánimo, soy yo; no temáis”. (Mateo 14, 22-27)
La mayoría de nosotros, alguna vez en la vida, se ha sentido desilusionada de Dios. Cuando el dolor llega a nuestro mundo, cuando nos sentimos atrapados en medio de tormentas de deudas, cuando la entrevista de trabajo no dio resultado, cuando la relación de pareja parece que ya no tiene solución, cuando la enfermedad no cede, cuando la conducta de un hijo nos destruye la esperanza. Es fácil ver a Dios cuando el sol está brillando en nuestra vida, pero cuando se oculta y le da paso a la tormenta, la imagen de Dios que podríamos tener se desvirtúa por completo. Muchos, durante sus tormentas, se han acercado a mí para cuestionarme, no para preguntarme, sino para cuestionarme: “Si Dios existe, si Dios es bueno, entonces… no me estuviera sucediendo esto; no hubiera muerto mi hijo antes que yo; no estuviera mi matrimonio como está; no me hubieran diagnosticado esta enfermedad; mi oración y la de una cadena de personas ya hubiera sido contestada…”. Se supone que a mí, que he orado tanto, ya me hubiera ayudado Dios. Tampoco los discípulos pudieron distinguir a Dios en medio de la tormenta. Ellos regresaban de una misión, seguidos de una multitud de gente que, sólo hombres, eran más de cinco mil. Eran celebridades. Se sentían importantes. Ellos esperaban que Jesús se coronara en ese momento como el Rey esperado y sin embargo Jesús no llenó sus expectativas. Se alejó y los envió a navegar y a enfrentar la tormenta “solos”. Ellos, decepcionados, se metieron en la barca. Y no sólo decepcionados, sino también furiosos; Marcos agrega este detalle en su Evangelio. Lo que ellos entendían que era imposible, se hizo. Y no a través de ellos, sino a pesar de ellos, con la fe de un niño y la cena de la familia de éste, de cinco panes y dos peces. Ellos se encontraban furiosos y decepcionados y para colmo de decepciones, llega una tormenta y los agarra en medio del mar, con el viento en contra, con las olas que casi inundaban la barca y en el momento más oscuro de la noche. Y lo peor de todo, es que estaban solos y lejos de tierra firme. Jesús los había dejado solos. Él no podía estar ignorante de la tormenta. Cuando subió al monte para orar, podía sentir la furia de los vientos. Entonces sucede que, después de encontrarse casi agotados de tanto remar contra la corriente, ven la sombra de algo que parece un fantasma, caminando sobre el agua. Pero, entre el momento en que lo ven (verso 24) y el inicio de la tormenta (verso 25) los discípulos se han hecho un millón de preguntas; estaban casi ahogados, no de agua, sino de dudas. La tormenta más grave no es la que está ocurriendo afuera, por el viento, sino la que está ocurriendo dentro de sus cabezas, por la duda. La de afuera ataca los nervios; la de adentro ataca la fe. La de afuera los lastima; la de adentro los destruye. Quizás su corazón esté como el de los discípulos. Se ha endurecido por las decepciones de cosas que debieron ser como usted las planificó y sucedieron exactamente de la manera contraria. Se ha endurecido esperando un milagro por el que ha orado por meses y no ha llegado. Esperando que su oración sea contestada, ha hecho todos los actos piadosos y de fe que se “supone” que deben hacer en estos casos y nada ha ocurrido. Usted sabe que Dios sabe lo que está pasando y lo llena de rabia que no llegue a hacer algo. Y le da más rabia que lo único que ve son como fantasmas. Promesas hechas por este predicador, llamado Saulo Hidalgo, que le escribe hoy; promesas hechas por el que habló el sermón del domingo en la iglesia. Promesas de milagros, de bendiciones, de soluciones, de cambios y de victorias. Promesas que dicen que nadie que ha confiado en Dios ha quedado jamás defraudado. Pero, mientras tanto, las horas pasan, los días se van y no sucede nada. Sus brazos se agotan de tanto remar y su cabeza explota de dudas. Pero, al paso de unas seis horas, Jesús apareció y la tormenta cesó y el viento se calmó. La barca, a fin de cuentas, no se hundió. Y lo que les había prometido el Maestro de pasar a la otra orilla, sucedió. Con tormentas afuera y tormentas adentro, la barca no se hundió y los discípulos pasaron al otro lado. La voz que está escuchando no es la del viento. Es la del Dios vivo y Todopoderoso. Jesucristo está más cerca de lo que sus dudas le sugieren. Los remos tienen un propósito. Úselos. Continúe diciéndole a la tormenta, no me ahogarás. Hoy lo desafío a que mire el otro lado de su orilla, el lado a donde se dispuso una vez llegar, y reme más fuerte que nunca. Enfoque sus pensamientos y reme. No se deje arrastrar por la corriente. Reme. El Dios de los cielos está cerca y su voz será suficiente para que todas sus tormentas desapa
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